domingo, 22 de octubre de 2017


Con el 80% de los medios controlados por la oligarquía financiero-monárquica y unos intelectuales orgánicos discípulos de Tertuliano, aquel de “creo porque es absurdo”, España se dirige de nuevo a una “larga noche de piedra” (Celso Emilio Ferreiro). ¿Quieres hacer algo por España? Matricúlate en una escuela de periodismo.



Lo mejor del otoño es que empieza a hacer frío y tengo a mis tres gatos inusualmente interesados en dormir en mi regazo. Es el momento de hacer de diva a lo Sofía Loren mientras los tres compiten por subirse a mis rodillas.



En la consulta con la médica de cabecera leí un papel pegado en la pared con instrucciones para evitar la gripe. Uno de los puntos recomendaba abrir la puerta del baño con un poco de papel higiénico, porque los virus suelen habitar en las manos y pueden quedarse en los pomos. ¡Cómo me acordé de la costumbre de Juan Ramón Jiménez de abrir todas las puertas con un pañuelo, y cómo pensé que al fin y al cabo aquel viejo hiperestésico no estaba tan loco!


sábado, 21 de octubre de 2017


Cuando me preguntan por qué ataco tanto al estado-nación, respondo preguntando por el presidente de Portugal:

–¿Cómo?
–¿Que quién es el presidente de Portugal?
–Ahora mismo no lo sé.
–Pues en eso consiste un estado-nación.

Todavía en el siglo XVI y XVII había escritores lusos que escribían indistintamente en portugués y español. Tres siglos de ordenamiento jurídico nosotrista después, nos ignoramos mutuamente (aunque nosotros a ellos más que ellos a nosotros). ¡Lo ignoramos casi todo de una nación que, hasta la batalla de Aljubarrota e incluso después, tenía una historia casi idéntica a la nuestra! ¡Muchas gracias, estado-nación!


viernes, 20 de octubre de 2017


¿Y si me dejé engañar solo porque una idea era bonita, o solo porque era distinta o, sobre todo, solo porque se me había ocurrido a mí?



Si en España existieran periodistas libres además de buenos, alguno ya le tendría que haber preguntado a Vargas Llosa por qué, después de cuarenta años arremetiendo por igual contra el nacionalismo y el patriotismo, en los últimos años ha empezado a encontrarle sentido a la necedad patriota. Sería el mismo periodista que podría preguntarle a Fernando Savater por qué todavía en los ochenta publicaba ¡hasta en el diario Egin! artículos en los que defendía el derecho de autodeterminación de los vascos.



Ni la recta judeocristiana ni el círculo budista: la vida se mueve en zig-zag.



Como tengo baja la vitamina B12, mi médica me ha recetado unas ampollas antes de hacerme la próxima analítica de sangre (ando con problemas estomacales, seguramente generados por el último rebrote de patriotismo). Y aquí entramos en el mundo Batania: ¿cómo se abre una ampolla de cristal? Al final he decidido seguir la técnica Alejandro Magno, la de no deshagas un nudo cuando puedes cortarlo, y la he partido a lo bestia con el cuchillo, haciendo la ampolla pedazos y perdiendo la mitad del contenido. No me ha dejado de parecer bien el resultado: ¡al menos he conseguido tomarme la otra mitad!



Dice Miguel Torga en su Diario: “Tengo que decirlo. Tengo que confesarlo aunque después la posteridad no me dedique ninguna lápida. Tengo que decir que hoy me he leído de un tirón dos novelas policiales de un tal Armstrong, y que me han gustado. Y he de añadir que tengo aquí Luz de Agosto, de Faulkner, sin terminar de leer”.



Soy de los que va al médico como quien va a la guerra del Vietnam. Se piensan médicos y enfermeras que los pacientes debemos desnudarnos y dejar tranquilamente que nos toquen el cuerpo, pero conmigo eso no es tan fácil. Cómo serán las hazañas que he protagonizado en las consultas (aunque no tantas, porque casi nunca he estado enfermo), que un médico de Lavapiés me dijo:

–Oye… ¿tú no habrás coincidido de pequeño con algún cura cabrón?
–¿Cómo?
–Es que en treinta años que llevo de médico, me he encontrado cuatro o cinco casos como el tuyo, de los que os ponéis agresivos en cuanto os tocan, y suelen ser casos de personas que han sufrido abusos sexuales en su infancia.

Pues no. Yo no he sufrido abusos sexuales en mi infancia, pero me comporto así y nunca le he encontrado solución. Está en mi ADN. A veces le pregunto a mi cuerpo por qué siente tanto rechazo al contacto físico, pero siempre se encoge de hombros.


jueves, 19 de octubre de 2017


En el western aún no se había perdido el sentido de la medida en las hazañas, que es un índice de la calidad de la película. En La diligencia, el protagonista guarda tres balas para matar a sus tres enemigos; en El hombre que mató a Liberty Valance, John Wayne y su criado desafían a Liberty y dos de sus hombres; en El Último pistolero, otra vez es John Wayne el que mantiene un desafío final contra tres vaqueros. Obsérvese que es el héroe contra tres o incluso el héroe y su criado contra tres: un enfrentamiento difícil pero no imposible de superar. El espectador mantiene la atención porque el resultado de la balacera no es seguro (en El último pistolero, de hecho, el camarero mata a John Wayne después de que éste haya matado a sus tres antagonistas). La proporción de muertos aumenta en los combates contra los indios, pero es normal que un vaquero que lleva un revólver o un rifle pueda matar a cuatro o cinco indios que solo cuentan con flechas: el pacto de verosimilitud se mantiene. Nada que ver con las astracanadas de Sylvester Stallone, Arnold Schwarzenegger, Jean Claude Van Damme o por ahí, en las que el espectador relaja su atención porque las hazañas son tan desmedidas y las carnicerías tan exageradas que mueven a la risa. Un hombre en solitario que esquiva una lluvia de miles de balas como si nada y mientras tanto va matando a cincuenta o cien enemigos no es un héroe, ni lo que está haciendo una hazaña: se trata, simplemente, de un insulto a la inteligencia del espectador.



La alegría de verme de nuevo ante el portátil sabiendo que este mes también tendré comida suficiente para comer, gatos en número de tres para acariciar, techo para cobijarme, películas por docenas para visionar y libros de sobra para leer.



La unidad y la grandeza vs la justicia. Mira cómo narran los cineastas estadounidenses su guerra norte/sur, el cuidado que ponen en reflejar que los dos bandos son buenos para que todo acabe en empate técnico, y luego mira cómo narran los cineastas españoles su guerra civil, su insistencia en dejar claro quiénes son los buenos y quiénes los malos.



Nunca serás buena persona mientras sigas considerando sagrada la mugre de tu corazón.



La megalomanía de los gobernantes en el pasado fue a menudo la antesala de la guerra, pero en un mundo tan domesticado como éste echo de menos que los políticos de los países que no están en el top aspiren a algo más que a meras ambiciones domésticas. No propongo el modelo de Corea del Norte, desde luego, pero los gobernantes no se pueden limitar a que las grandes líneas de actuación las marquen Merkel, Trump, China y el FMI. Más que megalomanía, pido imaginación y arrojo: ¿por qué no se puede hacer ya una federación ibérica con Portugal? ¿por qué no hacemos una federación, además de con Portugal, con Francia, Italia y Grecia, como quería Albert Camus, que sostenía que estos cinco países formaban una sola nación? ¿Por qué no pedimos nuestro ingreso en la Liga Árabe, alegando nuestros ocho siglos de abderramanes? ¿Por qué no conseguimos ya la eliminación del derecho de veto que mantienen cinco países en la ONU? Aspirar solo a dejar tu país tal como lo has tomado es propio de mediocres: la clave de gobernantes como Tito o Nasser o Chávez, cada uno en lo suyo, fue que se lo tenían muy creído. Como Néstor Kirchner le decía a Lula: “O hacemos historia o somos dos boludos más”.



En esa sucesión de capas que van sedimentándose hasta formar tu personalidad, nada peor que escucharte solo a ti mismo: esa voz pelma, engolada, consabida, no es a menudo más que una máscara que imagina todos los idealismos: yo soy Sissí, soy Mario, soy Bonaparte, soy cualquier espejo que ponga erecto mi ego. ¡Mucho cuidado con hablar con la almohada, esa mujer que se viste de reina para sí misma!



¿Qué pensaría Cervantes sobre el gallinero que se forma en los actuales programas de debate en televisión? Porque uno de los detalles curiosos del Quijote es que Don Quijote y Sancho no se interrumpen cuando discuten. Dentro de un irrespeto aparente, realmente se respetan. Nunca se quitan la palabra de la boca. Aparece mucho el verbo “replicó” entre ellos, porque siempre andan refutándose entre sí, pero los dos dejan terminar su parlamento al otro.




Francisco Umbral tenía una forma muy gráfica de quejarse de la falta de noticias sobre España en la prensa internacional:

–Para el resto del mundo somos las Barbados.

Pero eso está cambiando a un ritmo vertiginoso. En las últimas semanas, los diarios extranjeros o internacionales que suelo ojear casi diariamente (el Clarín argentino, el The Guardian inglés y las ediciones en español de la BBC, la CNN y el The New York Times) no paran de dar, día sí y día también, los pormenores del culebrón hispano-catalán. Y no solo los diarios. Me manda Sofía esta foto desde Bolonia, donde se encuentra viviendo, y me dice que esta ciudad italiana, que según ella es “la única ciudad de izquierdas que puedes encontrar con verdadera conciencia política desde la Segunda Guerra Mundial”, está empapelada con pancartas procatalanistas como la de arriba (donde se dice: ¡AL LADO DE CATALUNYA! ¡EL FASCISMO DE MADRID NO PASARÁ!). Hasta se han dado charlas entre sus habitantes para explicarles la situación del procés. Me añade Sofía que la fama de fascistas que hemos cogido los madrileños en esta ciudad apodada La Rossa no es cosa de broma:

–Yo no les digo que soy de Madrid, Batania, porque aquí eso es peor que decirles que eres Donald Trump disfrazado.

O sea que ya lo sabéis. Hemos dejado de ser las Barbados. Ya semos famosos. Aunque viendo los motivos por los que estamos en boca de todo el mundo, no creo que haya merecido la pena perder el anonimato.



En una escena de El hombre que mató a Liberty Valance, de John Ford, Liberty Valance dice: “Vivo allí donde cuelgo mi sombrero”.



Es un tópico decir que el paso de la antigüedad grecolatina a la cristiana supuso el cambio de los sabios por los santos como modelos que admirar, pero desde mi punto de vista, a los sabios y a los santos, más que admirarlos, hay que sufrirlos. El mismo rechazo me causa un Platón que un Job. De tener que aguantar a un sabio, prefiero a los que son como Diógenes o Montaigne; y de tener que aguantar a un santo, prefiero a Drukpa Kunley o a Santa Teresa, de quien Espido Freire dice: “Se aburría con San Juan de la Cruz porque él era demasiado serio y en cambio a ella le gustaba mucho hacer el gamberro”.